En este momento estás viendo “Mamá, me quedé en blanco”: cuando los niños esconden un problema neurológico
  • Categoría de la entrada:Articulos de Interés
  • Tiempo de lectura:3 minutos de lectura

Andrea recuerda la primera vez que lo notó. Su hija Valentina, de 9 años, estaba haciendo las tareas de matemáticas. De repente, se quedó con el lápiz en la mano, la mirada perdida en la ventana. Fueron apenas unos segundos, pero cuando volvió en sí no recordaba qué estaba resolviendo.
 “Me dijo: mamá, me quedé en blanco. Yo pensé que era cansancio, que estaba aburrida. Pero después pasó en el colegio, y la profesora empezó a decirme que no ponía atención”, relata Andrea.

Al principio lo atribuyó a una etapa. Le bajaron las notas, aparecieron comentarios de flojera y distracción, y Andrea llegó a convencerse de que quizás era normal en la preadolescencia. Hasta que comenzaron los tics: parpadeos bruscos, ruidos con la garganta, gestos que Valentina no podía controlar.

“Fue ahí cuando sentí miedo. No era desobediencia ni rebeldía. Algo más estaba pasando”, dice.

Cuando el juicio duele más que el síntoma

Muchos padres viven la misma historia: ven cómo sus hijos cambian de un momento a otro, pero escuchan explicaciones que culpan al niño. “No estudia lo suficiente”, “está pegado a la pantalla”, “es flojo”.
Ese juicio pesa, duele y retrasa la búsqueda de ayuda. Andrea recuerda que llegó a retar a Valentina: “Concéntrate, pon de tu parte”. Hoy se arrepiente: “No entendía que lo que parecía desconcentración eran en realidad pequeñas crisis neurológicas”.

Síntomas que se confunden

En la edad escolar, los trastornos neurológicos se disfrazan de problemas de conducta. Los más comunes son:

  • Crisis de ausencia, episodios breves en que el niño queda desconectado.
  • Tics motores o vocales, como parpadeos o sonidos involuntarios.
  • Bajada repentina en el rendimiento escolar, pese al esfuerzo.
  • Dolores de cabeza recurrentes que se creen excusas para no ir a clases.
  • Cambios de ánimo: irritabilidad, aislamiento o tristeza.

El diagnóstico que da alivio

Cuando finalmente consultaron en neurología infantil, Andrea recibió una respuesta clara: Valentina tenía crisis epilépticas de ausencia. “Me asusté, pero también sentí alivio. No era mala conducta ni falta de esfuerzo. Tenía una explicación y, sobre todo, un tratamiento”, cuenta.

Con medicación y seguimiento, Valentina pudo retomar su vida escolar y recuperar confianza. “Hoy sé que mi hija no estaba fallando. Lo que fallaba era mi comprensión de lo que pasaba. Descubrí que lo peor no es el diagnóstico, sino el silencio y el estigma”, reflexiona Andrea.

Un mensaje para otros padres

La historia de Andrea y Valentina no es excepcional. Y cuanto antes se consulte, mayores son las posibilidades de que el niño recupere su bienestar.

“Si pudiera hablarle a otros padres, les diría: no minimicen lo que ven. Escuchen a sus hijos, confíen en su instinto. Buscar ayuda no es etiquetar, es darles la oportunidad de estar mejor”, concluye Andrea.

Si notas estos síntomas en tu hijo, pide una hora en el Centro Médico Dr. Miranda:
Agenda aquí tu hora con nuestro equipo médico y recibe la orientación que necesitas.