NEUROLOGÍA INFANTIL
El correo llegó un martes, a media tarde, cuando yo estaba en modo automático. “Nos gustaría sugerir una evaluación”. Lo leí dos veces. No porque no entendiera las palabras, sino porque sentí ese golpe silencioso que te deja sin aire. En mi cabeza apareció lo peor: que mi hijo estaba “mal”, que yo no lo había visto, que algo se me había pasado.
Después vino la culpa. Esa culpa rápida, injusta y común. “Debería haberlo hecho antes.” “¿Cómo no me di cuenta?” También apareció el miedo al estigma: que lo miraran distinto, que lo etiquetaran, que el colegio lo redujera a un informe.
Los días siguientes fueron raros. Yo lo observaba más que nunca, como si necesitara encontrar una explicación inmediata. Y al mismo tiempo, me repetía algo que me ayudó a bajar la ansiedad: el colegio no estaba pidiendo un examen para juzgar a mi hijo. Estaba pidiendo una evaluación para entender mejor cómo acompañarlo. La diferencia parece pequeña, pero cambia todo.
Con esa idea en mente, decidí hacer algo que me devolviera calma: buscar orientación profesional. Pedí hora en Neurología Infantil. No porque quisiera “confirmar algo”, sino porque necesitaba ordenar la información. Saber qué observar, qué preguntar, qué llevar al colegio y cómo enfrentar el proceso sin que se transformara en un juicio.
Antes de la consulta, empecé a registrar cosas simples: cuándo se notaban más las dificultades, en qué contextos aparecían, qué pasaba con el sueño, con la rutina, con los cambios. También anoté lo que el colegio había mencionado, sin interpretarlo demasiado. Llegué con hechos, no con conclusiones. Ese fue un cambio importante.
En Neurología Infantil me ayudaron justo con lo que yo necesitaba: claridad. Me explicaron qué significa una evaluación en este contexto, qué tipo de información es útil, cómo se mira el desarrollo de manera integral y por qué un “pedido del colegio” no es una sentencia. Es una señal de que hay preguntas, y las preguntas se responden mejor con acompañamiento profesional.
Lo más tranquilizador fue entender que una evaluación no es una etiqueta. Es un mapa. A veces confirma que lo que se ve es parte de una etapa, o que hay factores del entorno que están influyendo. Otras veces orienta a pasos concretos, derivaciones o seguimiento. En todos los escenarios, el objetivo es el mismo: que el niño reciba apoyo de forma adecuada y que la familia no tenga que improvisar sola.
Cuando salí, sentí que podía volver al colegio con otra postura. No desde la defensa, ni desde el miedo. Desde la colaboración. Con preguntas claras, con información ordenada y con la idea de que mi hijo no es un problema que resolver, sino una persona que necesita ser comprendida.
Si estás en este mismo punto, si te pidieron una evaluación y no sabes por dónde partir, lo primero es recordar esto: pedir orientación no significa que algo esté “mal”. Significa que estás cuidando. Y que estás buscando la mejor forma de acompañar.
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