No fue un solo día, ni una sola situación. Fue una suma de momentos pequeños que se repetían y me iban dejando cansada por dentro. Una semana dormía poco, otra semana parecía estar más inquieto, luego venían días en que la escuela se hacía cuesta arriba y en casa todo era más sensible. Yo intentaba sostenerlo como podía, con paciencia, con rutinas, con cariño, con esa fuerza que aparece cuando una ama, pero también con dudas que no se iban.
Lo más difícil no era lo que pasaba, sino lo que yo me decía a mí misma. “Capaz estoy exagerando.” “Capaz es una etapa.” “Capaz soy yo.” Y mientras más trataba de convencerme, más sola me sentía con la responsabilidad de entender qué hacer. Porque cuando te importa alguien, quieres acompañar bien. Quieres hacerlo mejor. Y cuando no tienes claridad, la mente se llena de preguntas.
Un día me escuché diciendo algo muy simple: “Necesito orientación.” No buscaba respuestas mágicas ni soluciones rápidas. No quería salir con una etiqueta. Solo quería entender qué observar, qué registrar y cómo ayudar de forma concreta. Quería dejar de improvisar. Quería un plan.
Pedí hora en Neurología Infantil y, antes de ir, empecé a anotar lo que veía: horarios, situaciones que se repetían, momentos del día en que todo se volvía más difícil, cambios en el sueño, en el ánimo, en la concentración. No para llegar con una teoría, sino para llegar con información real. Eso, por sí solo, ya me dio un poco de calma. Sentí que estaba haciendo algo ordenado.
En la consulta pasó algo que yo necesitaba más de lo que sabía: alguien me escuchó sin apurarme. Me hicieron preguntas claras, me ayudaron a separar lo importante de lo secundario y me explicaron con palabras simples qué podía observar y qué pasos seguir. No fue una conversación para asustarse. Fue una conversación para entender.
Una evaluación en Neurología Infantil puede ayudar a mirar el desarrollo con perspectiva, a reconocer señales que conviene seguir de cerca y, sobre todo, a darle a la familia un marco. A veces el valor está en descartar, en confirmar que algo es esperable para una etapa. Otras veces el valor está en detectar a tiempo y acompañar con mayor precisión. En todos los casos, la clave es no cargar con todo en silencio.
Salí con una sensación que no esperaba: alivio, pero del bueno. No el alivio de “ya pasó”, sino el alivio de “ahora sé qué hacer”. Me fui con una ruta, con criterios, con seguimiento si era necesario. Y me fui más suave conmigo misma. Porque pedir ayuda no es fallar. Pedir orientación es cuidar.
Si estás viviendo algo parecido, si tienes dudas que se repiten y te cuesta sostenerlas sola, no necesitas esperar a que sea una urgencia para consultar. A veces, la mejor forma de proteger a tu hijo y a tu familia es hacer una pausa, mirar el cuadro completo y recibir guía profesional.
Reserva tu hora en Neurología Infantil.
Si prefieres, también puedes escribirnos por WhatsApp y te orientamos para agendar de manera simple y directa.

